Logrando nuestra Meta


CADA cuatro años el mundo observa un evento atlético donde los mejores en su disciplina compiten para lograr una meta. Ese evento son los Juegos Olímpicos, y la meta es la medalla de oro.

Medalla No cualquiera puede participar en los Juegos olímpicos, solo atletas de alto rendimiento que tienen que hacer muchos sacrificios para primeramente representar a su país, y después lograr la meta de la medalla de oro.

Los Juegos olímpicos se remontan a los años 884 y 704 a.C., siendo su cenit del siglo VI al V a.C.

Cuando las diferentes ciudades estado griegas (polis) entraban en guerra y llegaba el tiempo de los Juegos Olímpicos, la citada guerra se suspendía para de esta forma permitir su celebración, dado el profundo valor religioso que revestían.

Los antiguos Juegos, que combinaban pruebas de atletismo con otras de tipo artístico (poesía, danza y canto), alternaban la competición con sacrificios y ceremonias en honor a Zeus y Pélope (héroe divino y rey de Olimpia). Los mejores ciudadanos se batían por la fama y una modesta corona de laurel.

El Apóstol compara así la competencia deportiva con la competencia por lograr nuestra meta: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos á la verdad corren, mas uno lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Y todo aquel que lucha, de todo se abstiene: y ellos, á la verdad, para recibir una corona corruptible; mas nosotros, incorruptible”. 1ª. a los Corintios 9:24 y 25.

Debido a la geografía e historia de Corinto, es probable que Pablo haya tenido en mente los juegos ítsmicos cuando escribió estas palabras. Algunos piensan que el apóstol  fue expuesto a este evento en la primavera del año 51 d.C., durante su visita a la ciudad griega, como se narra en Hechos 18.

En la antigüedad al igual que en el presente el atleta tiene que abstenerse de muchas cosas para lograr su meta.

Muchos participan pero uno solo recibe el premio.

En la competencia cristiana nosotros también debemos abstenernos de lo que nos ofrece el mundo (festividades, libertinaje, etc.) para poder competir, y no sólo competir sino ganar un premio incorruptible.

¡Cuán hermoso será lograr nuestra meta!

Hagamos nuestras las siguientes palabras del apóstol Pablo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo á mí, sino también á todos los que aman su venida”. 2ª. a Timoteo 4:7 y 8.

Por ello debemos seguir corriendo, seguir absteniéndonos, seguir luchando, para escuchar las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”. Mateo 25:34.

¡Paz a vosotros!

 Ministro Israel Hernández Martínez 

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