Anhelando Vivir


LAS preguntas y dificultades que hay alrededor de la muerte son algunas de las más agobiantes que enfrentan los seres humanos. Tanto para las víctimas como para sus familias.

Nadie quiere morir. Y nadie quiere morir de una mala forma. Habitando en cuerpos corruptibles y viviendo en un mundo efímero, pretendemos que la vida es permanente. Entonces, la difícil realidad nos golpea. Nuestros cuerpos envejecen. Nuestros amigos fallecen. Nuestras familias sufren pérdidas. Y aun así somos reacios a aceptarlo. Aún en cuidados intensivos, donde los pacientes cuelgan de un hilo, las palabras morir, muriendo y muerte, casi nunca se pronuncian.

Vivir “Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, los más miserables somos de todos los hombres”. Escribió el Apóstol Pablo (1ª. Corintios 15:19) He aquí un hombre que enfrentó a la muerte con confianza.

“Porque yo ya estoy para ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo á mí, sino también á todos los que aman su venida”. 2ª. a Timoteo 4:6-8.

Pablo anhelaba vivir, al igual que cualquiera de nosotros. Pero él no aludió a una esperanza hueca de extender su vida física, sino a la esperanza verdadera explicada en las Escrituras.

Ésta es una esperanza fundada en el entendimiento del maravilloso propósito de Dios al crear al hombre mortal, sujetándonos a las dificultades de la carne. Y a fin de cumplir ese propósito, incluso su único Hijo engendrado enfrentó esa experiencia. “Empero vemos coronado de gloria y de honra, por el padecimiento de muerte, á aquel Jesús que es hecho un poco menor que los ángeles, para que por gracia de Dios gustase la muerte por todos”. Hebreos 2:9.

Muchas personas creen que os hombres poseen almas inmortales, y que cuando mueren, dependiendo de cómo se portaron en la vida, s evan ya sea al cielo, al purgatorio, o al infierno. Sin embargo, la Biblia es clara al afirmar que las almas no son inmortales sino que pueden morir (Lea Mateo 10:28; Ezequiel 18:4, 20: Romanos 6:23)

Las Escrituras dicen que cuando morimos, nuestros “pensamientos perecen” y que “los muertos nada saben” (Salmo 146:3-4; Eclesiastés 9:5; Salmo 6:5; 115:17) Jesucristo mismo dijo que “nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del Hombre, que está en el cielo” (Juan 3:13)

La verdadera esperanza de las Escrituras no es acerca de que poseamos un alma inmortal, ni acerca de los milagros de la ciencia médica, sino la promesa de que, “así como en Adam todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados”; y que finalmente, “el postrer enemigo que será deshecho, será la muerte”. (1ª. Corintios 15:22, 26) La muerte humana no significa nada para Dios excepto un sueño temporal (versículos 51-55), ¡porque Dios puede resucitar a los humanos de la tumba!

Hay una paz impresionante cuando reconocemos y entendemos el valor de lo espiritual sobre y muy por encima de lo físico. Es maravilloso saber que fuimos creados para heredar la eternidad.

 Ministro Abraham Hernández 

    maranatha                                                                                             edición anterior